Nadando por la vida


Consejos, trucos y reflexiones de un recordman del mundo de natación
-Libro NO editado-
Publicación quincenal de capítulos en este blog

24 de abril de 2011

10. La Natación Master es un deporte para jóvenes, adultos y mayores. Es un deporte del club

La natación es un deporte de todos, es un deporte para todos.
En el momento que un nadador con 19 o 20 años (20 años en España) decide entrar en la categoría Máster está invirtiendo en un gran valor. Distinto al practicado en su época de nadador absoluto, en cuanto a exigencia, sesiones de entrenamiento, cargas de entrenamiento, competiciones, obligación de nadar unas pruebas determinadas, pasar tests aeróbicos de largas distancias, etc. Esto se termina al ingresar en la etapa Máster. Y puede ser una etapa muy fructífera. Estoy convencido que un gran nadador se formará entre los 20 y los 35 años (como luego argumentaré). Lo anterior sólo debe servir como proceso de adaptación al medio acuático en un rendimiento alto, pero tengo la certeza que antes de los 20 años se quieren quemar muchas etapas en España. Se quiere encontrar al gran nadador español, a la medalla olímpica antes de los 20 años. Y eso es casi imposible. Deberíamos invertir a largo plazo, deberíamos mimar a nuestros pocos nadadores y nadadoras algo más, deberíamos dejar que se divirtieran mucho más en el agua, para que amen el agua, para que vean en este deporte un futuro, una forma de vivir, un estilo de vida. Pero no, vemos que a los 19 años, como mucho, han desaparecido de la faz de las piscinas buena parte de toda una pléyade de nadadores con gran potencial en categorías infantiles, cadetes y juveniles de muchos clubes que, hartos de tantos metros, se despiden aburridos de este deporte, saliendo por la puerta de atrás. ¡Qué lástima!
Y observamos que, en la categoría premáster (20-24 años), los nadadores y nadadoras que participan son de un gran nivel y empiezan a ver las bondades de la natación. Encuentran en la Natación Máster un valor distinto al que tenían en la Natación Absoluta. Y deciden invertir.

Si los jóvenes adultos y velocistas (20 a 24 años y 25 a 29 años), pueden encontrar en este libro una forma distinta de trabajar que les permita coordinar sus quehaceres académicos, laborales, familiares y de ocio, estaremos invirtiendo en nuevos valores de la Natación y os puedo asegurar que podéis mejorar vuestros registros de hace pocos años y tener una vida muy sana. En términos generales, las primeras categorías máster en España no tienen un nivel de marcas relevante. Parece que los mejores registros aparecen a partir de la categoría +30, cuando estos nadadores y nadadoras parecen ya tenerlo claro y ha pasado un cierto tiempo de la saturación acuática de la adolescencia.
Si consultáis la tabla de récords màsters podréis observar como en nuestra primera categoría (+25), los registros no son tan notables como en la categoría +30. Es más, el 90% aproximadamente de los registros de +30 son mejores que los de las categorías anteriores, lo cual no tendría lógica, desde una perspectiva, digamos, evolutiva. Lo mismo sucede con la categoría premáster respecto a la de +30, pero la página de la RFEN no ofrece los récords de esa categoría +20.

En cambio, los adultos (+30 a +60) ya han encontrado el motivo de nadar. Empiezan a ser fieles a su deporte y si, deberes familiares con hijos pequeños o mayores y otras obligaciones laborales no lo impiden, es un grupo muy centrado en la Natación Máster. Espero también que este grupo de adultos, si son velocistas, vean que existe otra forma de prepararse, sin excesivas horas de dedicación e intentando conciliar todos los ámbitos de la vida.
Si consultáis la tabla de récords de la RFEN podréis ver, por regla general, una correcta regresión de marcas en relación a cada categoría, tanto en el género masculino como en el femenino.

Los adultos mayores (+65 a +95), son perfectamente conscientes que la Natación ya será un estilo de vida, una forma de vivir, de competir a gran nivel incluso, de hacer turismo, de sentirse vivos y admirados. Son el reflejo, la imagen y, para mí, el objetivo de la Natación Máster.
Y ojalá, estos tres grupos de nadadores y nadadoras (jóvenes adultos, adultos y adultos mayores) pudiéramos ser imagen y reflejo para la Natación Absoluta, y buscar fórmulas atractivas que permitieran que distintas generaciones pudieran nadar juntas, porque la natación es un deporte sin edades o si queréis, para todas las edades, muy educativo y muy sano.

Y es un deporte de club. ¿Cuántos clubes realizan esfuerzos para integrar la Natación Absoluta y la Natación Máster en España?. Porque en el resto de Europa esto no es un problema, pero en España, lo parece.
¿No somos nadadores y nadadoras del club, que defendemos sus colores y gritamos su nombre en las competiciones?. ¿No somos nadadores y nadadoras que vestimos la misma indumentaria deportiva? ¿No somos nadadores y nadadoras que asumimos las mismas reglas técnicas de un deporte que es el mismo?
¿Porqué las reticencias?
La Natación Máster es un deporte del club, no somos cuatro viejos que venimos a tirarnos al agua. Ahora ya venimos con récords continentales y con valores que transmitir a los niños/as y a los adolescentes. ¡Estamos aquí!

¿Qué es un adulto? Un niño inflado por la edad.
Simone de Beauvoir

5 de abril de 2011

9. Natación y Estímulo

Magda Vives

Luís era un hombre sencillo, corriente, de los que pasa desapercibido entre las multitudes y sin más aliciente que su trabajo de informático que le apasionaba. Vivía en Barcelona, en un barrio pequeño, la Barceloneta, en un apartamento demasiado pequeño y en el que intentaba pasar las menos horas posibles. Cuándo lo hacía, siempre era para estar delante de la pantalla de su Mac. Sus días pasaban lentos excepto cuando estaba delante de un ordenador, ahí se le iba el mundo de vista y podía pasarse horas y horas “surfeando” por la red, descubriendo cosas que en otra época hubiera sido impensable descubrir y se sentía afortunado por poder hacerlo. A menudo sus comidas se limitaban a una pizza servida a domicilio y una coca-cola que tomaba “light” para sentirse menos culpable, aunque sabía que todo eso no era lo más adecuado para su salud. Se sentía atrapado en su cuerpo. Sabía que tenía que hacer algo para remediarlo pero estaba entrando en un círculo vicioso. Cuánto menos cosas hacía menos ganas tenía de hacerlas. Recordaba otras épocas, cuándo era mucho más joven, cuando practicaba su deporte favorito, la natación, en la piscina del Paseo Marítimo al lado del Hospital del Mar -parecía que habían pasado mil años- y que cuando se miraba en el espejo, veía un cuerpo atlético, esbelto y sin pizca de grasa. Eso ya no era así, desafortunadamente. Le dieron un verdadero susto cuando en la revisión médica de la empresa, al hacerle la analítica de rutina, le detectaron importantes alteraciones que ponían en peligro su salud y posiblemente su vida. Su tensión arterial era muy alta, el colesterol (el malo) se encaramaba a límites muy peligrosos. Su obesidad era manifiesta. La baja médica podía ser demasiado para un hombre como él, inquieto y a la vez pasivo, y se veía en la necesidad de hacer alguna cosa por él mismo e intentar el cambio de los hábitos cotidianos. Todavía tardó unos días en reaccionar, pero sin saber cómo, un día cargó con su bolsa de deporte y se fue a la piscina. Desgraciadamente aquel complejo deportivo de su adolescencia ya no existía, lo habían sustituido por otro, también al lado del mar, en el mismo barrio pero completamente distinto al antiguo. La piscina no tenía nada que ver, aunque nadar era una de las cosas que se le habían dado mejor en la vida y lo único que -físicamente- sabía coordinar con una cierta gracia. Le costó tanto, moralmente, llegar a la instalación que no sabía si iba a poder repetirlo en días posteriores. Cuando consiguió entrar en el bañador se sintió ciertamente avergonzado, se tapó con una toalla y salió decidido a meterse en el agua lo más rápido que le fuera posible para que nadie viera, por mucho tiempo, cómo había degenerado su cuerpo. Intentó nadar “veinticinco metros”, se dijo, a ver qué pasa. Cuando era joven y estaba en forma, el Estrecho de Gibraltar se le hubiera hecho mucho más llevadero que esos veinticinco metros que acabó con demasiada dificultad. Recuperó aire y suspiró. El primer paso estaba dado. Aún seguía pensando cómo iba a superar aquello cuando la vio. ¿Era ella? Hacía tanto que no la veía… pero su mirada no había cambiado. Aquellos ojos verdes… Ni siquiera se atrevió a saludarla. Además estaba seguro de que ella no le había reconocido. Sin saber cómo, volvió nadando -como pudo- hasta el otro lado, “cincuenta metros” -pensó- y sin detenerse, se fue al vestuario para regresar a casa. Durante ese día, el recuerdo de aquella mirada le animó y, por primera vez en muchos años, hizo planes de futuro. No sabía cómo pero tenía que superar aquella situación. Al día siguiente, sin recordar siquiera cómo había llegado, se encontró de nuevo en el agua. Esta vez se sintió un poco más ligero (tal vez por el hecho de poder volver a verla de nuevo) y, decidido a no contar las piscinas, nadó hasta que quedó exhausto. Nadó más de lo que se hubiera imaginado, se sentía bien. La estaba esperando y ahí estaba -de nuevo- ella. Notó un rubor y una sensación de bienestar en cuanto ella entró al agua. Sin saber cómo, siguió nadando, esperando ansioso llegar a la otra orilla para poder lanzarle una mirada escondida. Durante los siguientes días ocurrió prácticamente lo mismo. Intentaba acudir a piscina, más o menos, a la misma hora y cada día nadaba más y un poco más rápido y, aunque nunca se atrevió a dirigirse a ella ni siquiera en un tímido saludo, pudo comprobar que no hay nada como un buen estímulo para conseguir lo que pretendes. Saber que iba a verla cada día le empujaba a levantarse de la cama y hacer el esfuerzo cotidiano de hacer un ejercicio poco traumático para un obeso y comer más frutas, ensaladas y verduras. Desde que un día la había visto con otro hombre, su estado de ánimo cambió, pero siguió nadando, quizá esta vez para olvidar que nunca podría estar a su lado. María estaba con otro, eso le limitaba, pero le consolaba el hecho de que podía seguir viéndola. De una cosa sí que estaba seguro: Le estaba más agradecido a ella por su presencia y por sus miradas, que a otras muchas personas que le rodeaban. Le había ayudado mucho, aunque ella nunca lo sabría. Intuyó que estaba casada, era lógico después de tantos años, por lo que pensó que la relación era casi imposible, no iba a ser él quien destruyera su estabilidad emocional. Aún así siguió admirándola, observándola y, tal vez, deseándola día tras día…, durante un largo tiempo. Pasó casi un año para darse cuenta de los cambios, su cuerpo iba volviendo a la normalidad, los parámetros de la analítica de sangre se normalizaban y la revisión médica fue catalogada dentro de la normalidad y, lo que es más importante, él había recuperado su autoestima y su confianza. Se sentía capaz de cualquier cosa menos de hacer sufrir a aquella mujer tan bella de ojos verdes. Las cosas no cambiarían si dependía de él. No era sólo su forma física o su estructura actual, algo había cambiado en su forma de ser, en su manera de pensar, se sentía otra persona. Una gran frase le vino a la mente: “Hoy es el primer día del resto de mi vida”. Ya estaba preparado para la primera competición de esta nueva etapa: Su nueva vida.

23 de marzo de 2011

8. Natación e injusticia

Fernando Aláez
Mi vida deportiva vino marcada siempre por el sacrificio y la lucha diaria, ya que elegí desde que estaba en la categoría de promesa, la opción de compaginar mis estudios (hasta licenciarme en Ciencias Geológicas) con los entrenamientos y, posteriormente, con el trabajo, es decir que -al menos- ocho horas diarias las dedicaba, bien a estudiar, o bien a trabajar. Esto puede parecer algo bastante común pero teniendo en cuenta que siempre me encontraba en los puestos de pódium en mi época de nadador absoluto, reduce bastante el número de personas que alcanzábamos a tener ese nivel de organización en nuestras vidas.
Pero la época que más me ha marcado, el momento más importante en mi vida, fue cuando me sancionaron por dopaje, a los 19 años.

En un campeonato de España, el cual no estaba físicamente bien y todas las pruebas me salieron fatal por cierto, mi entrenador me dio un comprimido de Dinamin (un antigripal), ya que no me encontraba bien, acatarrado y con malestar general.
Nadaba, por la tarde, la final B de los 200 m mariposa (ni siquiera era la final A), para que os hagáis una idea de la poca lucidez de mi rendimiento en ese campeonato. Hice una buena carrera y gané dicha final. Por sorteo me tocó el control antidoping. El médico me preguntó qué había tomado y, naturalmente, le contesté el producto que me había dado mi entrenador. Me dijo: ¡qué has hecho!, esto da positivo y yo, incrédulo de mí dije: pues es lo que me han dado, no sé…, sin más. Resulta que el producto daba positivo cualitativamente -no cuantitativamente- con lo cual, con que hubiera trazas en la orina (aunque para que te provocara una mejora física debías tomarte una caja, cosa que no entiendo) era suficiente para que se declarase el positivo. Total, que mi entrenador se inculpó y, desde la federación me indultaron, sancionándolo a él.
Pasadas unas semanas, una alta institución superior revocó el indulto y me castigaron -definitiva pero injustamente- con 2 años de sanción. Recurrí la sanción varias veces. Me la llegaron a quitar de nuevo, pero me la impusieron otra vez, todo por cuestiones políticas que nunca llegué a entender y que sigo sin entender, a día de hoy.
Total, que absurdamente, estuve fuera de combate durante unos 2½ años, yo creo que los mejores de mi vida deportiva, por las marcas que hacía entrenando. Pero tuve que apretar los dientes y asumir algo que era y es, a todas luces, muy injusto. Pero sólo lo podía demostrar con el trabajo diario y con el sacrificio que me impuse para demostrar, tarde o temprano, que alguien se equivocaba.
Durante todo ese tiempo, y sintiéndome tan atacado, humillado y vilipendiado, me dije a mí mismo que, por mis cojones, que sigo entrenando para regresar de nuevo arriba. A raíz de todo esto, la gente empezó a hablar de mí, que si toda la vida me había drogado, que por eso ganaba desde crío..., y todas esas chorradas típicas de estas ocasiones que, gracias a Dios y por mi forma de ser, no me afectaban pero, sí me molestaba porque mis padres las tenían que oír. Ellos me pidieron que dejara de nadar y mi respuesta fue un NO rotundo.

El primer campeonato de España absoluto en el que regresé, y después de toda esta travesía en el desierto, pude conseguir dos medallas de bronce. La gente me ovacionó, me vino a ver el médico que me hizo el antidoping, el seleccionador nacional de ese momento se me acercó para aprobar y distinguir mi esfuerzo..., y un montón de compañeros me arroparon para felicitarme y reconocerme los huevos que le había echado por pasar todo ese calvario, ya no sólo en lo deportivo, sino sobre todo en lo psicológico, porque es muy duro entrenar sin objetivos a la vista, durante tanto tiempo.

Seguí unos años más en la natación absoluta (estando siempre entre los 3 mejores de España en mariposa y, siendo el único que podía estarlo tanto en las pruebas de 50, 100 y 200 m) hasta que por una lesión en la espalda y molestias en los hombros volví, de nuevo, al dique seco. Paralelamente a esto, en mi centro de trabajo, me propusieron ocupar un puesto de máxima responsabilidad y, por todo ello, tuve que dejar la natación absoluta.

Al año y medio de esta retirada ya me sentía recuperado de mis molestias en la espalda y empecé a contemplar la natación máster como una opción. A finales del 2007 y, poco a poco, reinicié la natación. Cada competición me motivaba más y, además, físicamente estaba mejor. No fue muy difícil recuperar, de nuevo, la fuerza, cambié mi inadecuada posición corporal gracias a un trabajo semanal con la fisioterapeuta y mi espalda, ahora, me lo agradece. Y así, he ido evolucionando hasta llegar donde estoy, sintiendo que no tengo límites y capaz de batir varios records del mundo. Gracias a que, por fin, he dado con la metodología de entrenamientos que me encaja con mi vida real y con el día a día que llevo.
Método en el que realizo alrededor de 4.000-4.500 m tres días por semana y unos 2.000-2.500 m los otros tres días por semana. Algún día puedo doblar entrenamientos, pero no es la norma, porque debo estar atento, fresco y concentrado para mis responsabilidades laborales. Y muchos estiramientos y trabajo de corrección postural para la espalda. Complemento este trabajo con una rutina de tonificación -en seco- con gomas Theraband que noto, personalmente, que me va muy bien para reforzar mis tendones y asegurar mis articulaciones. Y con esto tengo suficiente para demostrar que se pueden hacer mejores marcas a los 33 años que en mi época de nadador de alto rendimiento, entre los 18 y los 24 años. Y os pudo asegurar que tengo la sensación de estar en condiciones de seguir mejorando…

En estos últimos años he querido demostrar mi carácter de luchador tenaz y de no querer rendirme a la injusticia tal como mi padre quería (que en paz descanse) y, ahora, ojalá me viera -aunque estoy seguro que me está viendo desde ahí arriba- porque le hago muy feliz y, también, por mi madre que luchó junto a él durante 6 largos años que le duró el cáncer, habiéndole pronosticado los médicos sólo 3 meses de vida. Vivió 6 años, para que os hagáis una idea de cómo fue mi padre de luchador. Y todo para revelar su fuerza de vivir, su ánimo incansable y sus ganas de mostrar que es posible realizar todo aquello que creas que puedes hacer, (aunque la gente no te apoye). Todo, en esta vida, se tiene que hacer a base de esfuerzo personal y de tirar para adelante solo y, en mi caso, espero poder hacerlo hasta que me muera.

El registro logrado en los Campeonatos de Catalunya Máster de Sabadell-2009 en 200 m mariposa (1.57.46), récord del mundo +30, (prueba en la que años atrás me castigaron injustamente por dopaje), es en memoria y recuerdo de mi padre.

La esperanza es la fuerza de la revolución.
André Malraux

10 de marzo de 2011

7. Natación y reconocimiento

Alfredo Joven
Estaba en Palma, impartiendo un curso sobre actividades acuáticas para personas con necesidades especiales. En el curso había un grupo de participantes que eran técnicos acuáticos y fisioterapeutas. Para realizar el curso con una cierta aplicación práctica, solicitamos la posibilidad de contar con un grupo de personas que tuvieran algunas de las discapacidades que teníamos que trabajar en este curso formativo. En una de las sesiones tuvimos la suerte de poder realizar estas actividades prácticas con un grupo de personas con parálisis cerebral. Éramos dos los profesores e hicimos grupos por características afines. Intentamos aplicar algunas consignas que habíamos trabajado, teóricamente, en el aula.
En mi grupo, había un chico de 12 años con un grado de parálisis cerebral que implicaba algunos problemas del habla, alteraciones motrices y cierto nivel de espasticidad. Dicho niño, al que llamaré Joan, era asiduo a los programas acuáticos y, con una gran sonrisa, estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario en aquella clase -más demostrativa- que de curso normal. Él disfrutaba en el agua y se notaba que era uno de los momentos especiales del día: ir a la piscina.
Durante la sesión me dijo, a su manera, que quería bucear. A raíz de ello cambié -un poco- el trabajo previsto y nos pusimos a trabajar sobre el control de la cabeza, la coordinación somera de la respiración, los desplazamientos asistidos y buscamos, finalmente como objetivo, poder sumergirse y desplazarse con una cierta autonomía.
Durante un buen rato, Joan hacía lo que yo le proponía aunque le dejara algún momento para atender a los otros tres alumnos o comentar con los participantes del curso algunos de los elementos técnicos que llevábamos a cabo. Joan seguía trabajando individualmente. Cuando yo me puse con él, de nuevo, seguimos trabajando en el control respiratorio, seguía acompañándole en la realización de los ejercicios -algunos algo complicados- e insistimos en varios ejercicios que no acababa de coordinar, hasta que dimos la sesión por terminada. Finalmente, nos quedamos él y yo en la piscina, para finalizar la sesión demostrativa a los alumnos del curso y conseguimos que Joan llegara al fondo de la piscina. Se encontraba tan a gusto que no quería salir del agua…, y seguía practicando…, y seguía buceando. Al final, su padre, consiguió convencerle que ya era hora de irse a casa.

Todos los participantes se fueron al vestuario a ducharse y cambiarse. Los alumnos invitados se marcharon a sus casas y los profesores del curso continuamos con los contenidos teóricos durante dos horas más en el aula.
Al salir de clase, en la recepción de la piscina y sentados, esperaban Joan con su padre. Cuando me vieron, se levantaron los dos y se acercaron. El padre me dijo: "Profesor, Joan le ha estado esperando porque no quiere irse a casa hasta que le pueda decir algo". Bien -respondí- y, sonriente, me giré hacia Joan. El muchacho, con una mala vocalización pero de forma bastante clara y muy comprensible, me dijo: profe, hoy soy muy feliz porque ya llego al fondo y ahora sí que puedo ir con mis amigos al mar y hundirme como ellos, ¡muchas gracias!
Me quedé en silencio, me quedé mudo, se me hizo un nudo en la garganta y dejé correr unas lágrimas que me saltaron de la emoción. Joan se giró y agarrado de la mano de su padre, con un gesto característico de estas personas, se fue orgulloso de haber dicho aquello...
Lo que él no sabe ni supo nunca, es que a mí sí me hizo feliz de verdad, porque dio el valor real a esta profesión, me permitió sentirme útil y en ese medio que nos llena de muy diversos modos, consiguió que pudiera ir con sus amigos a disfrutar de los fondos marinos, de ese mundo donde realmente eres libre y muchas discapacidades dejan de serlo...
Gracias a ti, Joan.

Amor significa colocar la propia felicidad en la felicidad de los otros.
Pierre Teilhard de Chardin

20 de febrero de 2011

6. Natación y sufrimiento

El día que acudieron a visitarme, los padres estaban algo asustados. Su cara expresaba la necesidad de aferrarse a cualquier flotador que pudiera evitar la intervención quirúrgica de Cristina. Ella había cumplido los 10 años de edad, y era menuda, delgadita y muy tímida. Tenía una escoliosis importante. Su desviación dorsal alcanzaba los 45º y la lumbar 36º. Era una escoliosis en S. Escoliosis dorsal derecha y lumbar izquierda, como pude comprobar en las numerosas radiografías que aportaban. Los padres manifestaban la idea de encontrar algún método que evitara la intervención quirúrgica, única indicación que había pronosticado el traumatólogo. Pero ellos argumentaban que la niña era pequeña y que las intervenciones dejaban la columna muy anquilosada, muy rígida. Les preocupaba que la niña se quedara pequeña (bajita) y encorvada tal como les habían advertido los equipos médicos visitados. Buscaban, desesperadamente, evitar la intervención aunque las posibilidades de que se realizara eran muy viables, habida cuenta de la importancia de los grados de desviación. Tras explorarla, pude comprobar que su nivel de rotación vertebral empezaba a ser relevante y se insinuaba una cierta prominencia (giba) en la zona dorsal derecha. Medía 135 cm. El corsé de Milwaukee que llevaba hacía mella en sus caderas y en la barbilla. Ella, con sus ojos, me expresaba su voluntad tácita de evitar el quirófano. Estaba, ciertamente, atemorizada.
Era evidente que el pronóstico del traumatólogo era cierto. Lo más indicado era la intervención quirúrgica a medio plazo, al cabo de uno o dos años, a lo sumo. Pero tenían que esperar a que apareciera la primera regla y valorar -entonces- la evolución de la curva vertebral.
Los padres sabían que era profesor de Rehabilitación deportiva en el INEFC, que tenía cierta experiencia con las escoliosis y que el medio acuático podía plantear mejoras en las desviaciones, sin que -por ello- pudiéramos hablar de curaciones. Cristina tenía una curvatura complicada. Les comenté que podíamos trabajar en el medio acuático mientras su traumatólogo valoraba programar la intervención después de aparecida la regla. Se agarraron como clavo ardiendo a la propuesta.

Empezamos a trabajar en piscina profunda y poco profunda en un mes de octubre de 1988. En piscina profunda, trabajaba con los monitores de la piscina en el aprendizaje correcto y perfectamente simétrico de los estilos. Venía los cinco días de la semana. Los martes me encargaba de supervisar el trabajo de Aquaterapia en la instalación, íbamos a la piscina poco profunda y empezamos -muy progresivamente- a realizar ejercicios correctores. Por lo tanto, trabajaba cinco días a la semana en la técnica de estilos y uno de esos días suplementaba una sesión de 40 minutos más, con ejercicios específicos. Cristina lo empezaba a tener claro, acudía con una gran ilusión y era muy disciplinada en la realización de los ejercicios. Intentaba hacerlo lo mejor posible y mejorar su condición física y técnica.
Al cabo de cuatro meses de estar realizando este trabajo, le apareció su primera regla. Decidimos intensificar los ejercicios, porque ahora aparecía la etapa de crecimiento y desarrollo más peligrosa para su columna vertebral, debido a que la entrada masiva de estrógenos podía generar un empeoramiento de la desviación, por las consecuencias que provoca en el metabolismo óseo. A partir de este momento, el trabajo específico se radicalizó y pasamos a trabajar, en la piscina poco profunda, con arnés y ejercicios asimétricos para intentar contracurvar su columna vertebral, en busca de la corrección. Los ejercicios eran muy duros, y ella -aún- una criatura. El primer día de trabajo con arnés salió llorando del agua por la dureza de los ejercicios, pero no se quejó. Seguimos trabajando, se ampliaron las sesiones de trabajo a ocho sesiones a la semana, y convertimos el método de carga en un programa de entrenamiento como si fuera de alto rendimiento. Cristina venía a nadar con el grupo de natación cinco días, donde ya incorporaba ejercicios específicos cuando hacía el trabajo de pies o el estilo de espalda, por ejemplo, y ampliaba tres sesiones más a la semana con trabajo específico en la piscina poco profunda, (martes, jueves y sábado).
A finales de abril, tuvo nuevas radiografías y asistimos al pequeño milagro. La curva dorsal se había reducido a 40º y la curva lumbar, que la habíamos trabajado poco, estaba por debajo de los 35º. Fue un soplo de aire fresco para todos. Cristina vio claro que el esfuerzo empezaba a tener su recompensa y que este podía ser el camino. Su traumatólogo no les dio esperanzas, la intervención quirúrgica era cuestión de meses, porque la curva -según él- empeoraría. Pero Cristina no se dio por vencida, y los padres ayudaron en todo lo humanamente posible. Los técnicos y la coordinación de la instalación se volcaron en ella, como si fuera el ídolo, la figura deportiva de la piscina. La mimaban, la cuidaban pero la hacían trabajar duro y le exigían que continuase mejorando físicamente con nados y trabajos subacuáticos. Objetivos que yo marqué como muy determinantes, también. Yo tampoco tenía claro que el trabajo específico en una escoliosis con estos grados de desviación, pudiera llegar a dar buenos resultados, pero teníamos que cubrir todas las facetas, la de la condición física, la del desarrollo respiratorio, la del crecimiento y la de la reducción de la curva. Trabajábamos en todos los frentes y lo teníamos claro todos. Hasta en la época estival seguíamos trabajando en la piscina que tenían sus padres en la casa de verano. Sin descanso, sin parones. Seguimos trabajando duro, en esta línea, los siguientes meses y años, y la capacidad de sacrificio, su manera de tolerar el sufrimiento y la voluntad de Cristina fueron determinantes en el resultado final.

Cristina, al llegar a los 18 años, medía 175 cm, muy por encima de las previsiones que todos le habían pronosticado, con un desarrollo de su caja torácica increíble y lo más importante es que su curva dorsal había quedado en 34º y la lumbar en 29º. Cristina no quiso nunca operarse y los padres la apoyaron. Aparentemente, vista de espalda, no se le nota apenas, su desviación debido al gran desarrollo que la natación le ha provocado. Pero, a la exploración, se nota -aún- su curva, aunque la rotación vertebral no es muy manifiesta y persiste una ligera prominencia en su zona dorsal derecha, que no se podría etiquetar de giba o joroba.

Cristina tiene 32 años. El verano pasado de 2010 tuvo su primera hija y quiso seguir nadando hasta el último día. Eran casi las diez de la noche cuando, al salir de mi entrenamiento diario en la instalación de su ciudad, la vi en la piscina nadando. Nos fundimos en un caluroso y fraternal abrazo. Casualmente, aquella noche, rompió aguas. La niña se llama Mar.

La vi muy feliz.

Es un privilegio haber vivido esta vida después de tanto sufrimiento.
Indira Ghandi

2 de febrero de 2011

5. Natación y Menopausia

Germán Díaz y Mario Lloret
En abril del 2009 asistí, como miembro del tribunal, a la lectura y defensa de la tesis del Dr. Germán Díaz sobre Natación y menopausia y, hablándole de esta obra, se animó a coordinar este capítulo conmigo.
Este trabajo supone una gran aportación para la ciencia y otra prueba más que la práctica de este deporte permite a las mujeres mayores de 45 años tener una vida más sana. El problema más importante de esta etapa en estas mujeres jóvenes es la aparición de la osteoporosis que provoca que el hueso, de manera progresiva, pierda densidad ósea. A causa de esto el hueso se vuelve más frágil, afectando a todo el esqueleto de la mujer. Los golpes más pequeños como una caída o movimientos vigorosos no acostumbrados podrían provocar una fractura. Las fracturas más frecuentes pueden estar en la columna vertebral y en el fémur (a nivel de la cadera), entre otras. El hueso es un tejido vivo que se adapta constantemente a las influencias externas y del cuerpo. Junto a la función de apoyo del aparato locomotor y la función protectora de los órganos internos, el hueso constituye una fuente metabólica de gran importancia al almacenar calcio, fósforo, magnesio y sodio. Pero, a partir de la llegada de la menopausia, se termina el periodo de predominancia en la construcción de hueso y prevalece la destrucción de este tejido. El hueso inicia su proceso osteoporótico, pero la osteoporosis puede prevenirse con determinadas medidas de comportamiento y con ayuda de tratamientos farmacológicos y no farmacológicos. Pero cuando ya se sufre la enfermedad deben tomarse medidas adicionales para evitar las fracturas óseas, aliviar el dolor y mejorar la calidad de vida. En el aspecto preventivo, es necesario llevar una buena alimentación y mantener el peso adecuado, reducir el consumo de café, alcohol y tabaco, llevar un tratamiento hormonal sustitutivo y hacer ejercicio físico terrestre o acuático. Y en el aspecto terapéutico, una vez aparecida la enfermedad, existen diversas estrategias que el médico especialista indicará, como pueden ser los estrógenos, los fármacos anabolizantes (hormona paratiroidea), la calcitonina, el flúor, los moduladores selectivos de los receptores estrogénicos, etc.
Pero una de las mejores medidas para incrementar la solidez ósea, en esta etapa de la mujer, es el ejercicio físico -ya sea terrestre o acuático-. Y aquí es donde quiero expresar con contundencia mi opinión y terminar con leyendas urbanas producto de mitos sin sentido.
Personalmente, estoy harto de oír en centros de atención primaria de nuestro país, afirmaciones gratuitas de recomendación a las mujeres osteoporóticas del tipo: “vaya a caminar o haga ejercicio físico, pero no haga natación”, o “nadar es como ir en una nave espacial, porque en el agua no hay gravedad”.
¡Esto ES FALSO!
En primer lugar, los estudios de investigación no demuestran que caminar sea lo más adecuado para las mujeres osteoporóticas. Deberían caminar a ritmo elevado (de la marcha atlética) que dificultase el mantener una conversación durante más de una hora, para conseguir efectos beneficiosos. Caminar puede servir para reducir niveles de colesterol, de hipertensión o gastar más calorías, pero no para la osteoporosis. En cambio, veremos que la natación es indicada para el colectivo de personas con osteoporosis.
En segundo lugar, en una nave espacial la gravedad es cero. Y los astronautas deben moverse (si lo hacen) en unos habitáculos muy reducidos, cumpliendo con unas tablas que los preparadores físicos les han recomendado realizar en posiciones algo inverosímiles. Pero en el agua existe hipogravitatoriedad, lo cual quiere decir que existe gravedad pero está muy reducida. Por poner un ejemplo, una persona sumergida totalmente en el agua, puede pesar alrededor de 1/10 parte de su peso real. Es decir que, en al agua, si una persona no nada se ahoga. Y es necesario realizar largos para darle sentido a la clase dirigida. No me planteo que ninguna señora entienda que ir a la piscina es ir a flotar en el agua sin mover un solo músculo de su cuerpo. Pero también puede bailar al ritmo de una música en clases de aquafitness o aquagym y, por lo tanto, seguir moviéndose dentro del agua con un objetivo claro.

En esta tesis que he comentado, muy bien dirigida por nuestro viejo conocido Dr. Fernando Navarro, se muestran estudios en medio acuático que mejoran niveles de osteoporosis y se presenta el realizado por este autor (Díaz, G). En este estudio de dos años de duración en mujeres osteopénicas y osteoporóticas de Toledo, realizando sólo dos sesiones de 45 minutos de duración -cada una- a la semana, en dos grupos de entrenamiento (uno de natación de mantenimiento en piscina profunda, para entendernos, y otra de aquafitness, con música, impacto y resistencias en piscina poco profunda) durante dos años, se demuestra que las mujeres que realizan el trabajo clásico de natación de mantenimiento mejoran sus niveles de osteoporosis que las que realizan el trabajo de aquafitness (o las que no hacen nada, las cuales continúan perdiendo mucha masa ósea).
Es sorprendente este descubrimiento porque esto asegura que nadar con el esfuerzo de los brazos y las piernas o nadar con manoplas, o con aletas puede mejorar el grado de calcificación ósea de las mujeres, sin lugar a dudas, debido a que tienen que llegar a unos tiempos, deben acabar los largos, tienen que cumplir con un determinado metraje, etc. Y este beneficio está por encima de los resultados encontrados en las mujeres que realizaban las clases de aquafitness (o parecidas) en las que se pueden relajar si se fatigan en el transcurso de las mismas.

Sólo hay que ver nuestros campeonatos de España de Natación Máster y ver la salud de que gozan nuestras mujeres adultas mayores, para certificar que la natación es una buena medida para luchar contra esta enfermedad y reducir las fracturas vertebrales o femorales y mejorar la calidad de vida de las mujeres españolas. ¡Ah!, y además empezar a mostrar a las instituciones públicas de la Salud de nuestro país que, con una medida tan sencilla como nadar (natación de mantenimiento, Natación Máster, etc.), se podrían ahorrar más de 200 millones de euros en gastos sanitarios y evitar que tres millones de personas tengan alguna fractura y sigan engrosando e incrementando los gastos de la salud en España…, que pagamos todos.

Pero, a partir de ahora, los equipos sanitarios españoles ya tienen que saber (tras esta tesis) que no es ético no prescribir Natación a las personas con osteoporosis. ¡Se han terminado las tonterías!

Emitir bellas teorías es bueno, practicarlas es mejor.
Adolphe Ferrière

23 de enero de 2011

4. Natación e implicación

Sentirse implicado en un proyecto siempre te da un objetivo por el que trabajar. Nadar en compañía de un grupo sintiéndote importante y con un técnico que sepa desarrollar tus mejores cualidades y que te trate con respeto y como a una persona normal, lo es todo. Los valores y los sentimientos de adhesión que se obtienen son indestructibles y suelen generar un estímulo añadido. Pero si entrenas sólo, tampoco debe existir ningún problema. Puedes sentirte totalmente implicado si el proyecto es vigente, si los objetivos son claros, aunque entiendo que es más difícil. Por esta razón os quiero contar el sentimiento de una experiencia en el que la implicación al proyecto generó buenas sensaciones.

Como nadadora que he sido y soy, quiero manifestar que, por una serie de razones, le he encontrado sentido a mi regreso a la natación. Y esto tiene que ver con una experiencia que quiero compartir con todos vosotros.
Tras el verano de 1978 y con el inicio de las clases, los horarios de entrenamiento de natación de mi club de origen, no se me adaptaban porque tenía que ir a clase por las tardes de 16 a 21 h y me era imposible ajustarlo con los horarios de entrenamiento de mi club.
El centro formativo donde tenía que estudiar estaba muy cerca de las instalaciones del Club Natació Catalunya. Se nos ocurrió que si solicitábamos a éste club la opción de entrenar allí quizás podría mantener mi actividad deportiva. Mi club, solicitó la opción de poder ir a entrenar al mediodía en el CN Catalunya, y así hacerlo coincidir con su horario de entrenamiento y mi entrada al Colegio. Un día nos dieron la noticia de que no había ningún problema para que fuera a entrenar con el equipo de natación y eso me llenó de alegría y además de orgullo ¡poder ir a entrenar en un club tan grande y formador de campeones/as!
El CN Catalunya estaba relativamente lejos de mi domicilio y los montajes que me tenía que hacer para poder conciliar entrenamientos, comidas en casa y asistir a mis obligaciones académicas representaban un gran sacrificio. Pero era la única manera, o dejaba la natación. Cada día tenía que tomar dos autobuses para llegar a la piscina desde casa y andar más de veinte minutos. Pero lo hice encantada…, y cada día más.

Tengo que reconocer que fue la etapa de mi vida deportiva más gratificante como persona, porque me sentí muy implicada en el equipo, y como deportista, porque conseguí mis mejores marcas. Jamás me hubiera imaginado que encajaría en aquel club, y eso que nunca tuve licencia por el CN Catalunya.
En cada entrenamiento el semblante serio del Sr. Alejandro López nos imponía, nos hacía trabajar a todos, nos hacía mejorar y nos animaba cada día a hacerlo mejor. Era un gran entrenador.
Pero a los pocos días de llegar al CN Catalunya me enteré que, desgraciadamente, Alejandro ya estaba enfermo, y físicamente tenía -siempre- aspecto cansado, de haber pasado mala noche y de no descansar bien. Pero cada día estaba ahí, no fallaba nunca. Llegábamos los nadadores, y él ya tenía en la pizarra el entrenamiento del día, y uno a uno nos acercábamos a él, nos saludaba estrechándonos la mano y, cariñosamente, nos daba unos “buenos días”, que no serían del todo buenos para él, precisamente.
Desde un punto de vista deportivo, me sentía muy bien, notaba que iba mejorando y eso me hacía sentir más segura de mi misma y me daba fuerzas para seguir entrenando mejor día tras día.
Le tenía un gran respeto y un aprecio indescriptible, admiraba su entereza, su profesionalidad y su entrega en el trabajo diario.

Su enfermedad iba avanzando, pero él no abandonaba, luchaba con todas sus fuerzas y eso se respiraba cuando nos hablaba, cuando nos corregía, cuando nos animaba…
A veces, al final del entrenamiento, me sugería quedarme un poco más para hacer algún ejercicio específico de técnica o de mejora de los virajes, y así corregir mi estilo de espalda. Lo hacía encantada, me hacía sentir especial, me hacía sentir importante, se preocupaba de mí y nunca podré olvidarlo. Porque, además, nunca me había planteado cambiar de club y, en teoría, no tenía porqué dedicar tanto tiempo en exclusiva a una deportista que no le proporcionaría resultados directos. Pero él era un profesional.

El 24 de noviembre de 1979 falleció -tras una larga enfermedad- un gran hombre, un gran entrenador, el Sr. Alejandro López, a los 37 años de edad.
Conservo todavía, desde hace 30 años, dos cosas que simbolizan el inicio y el final de la etapa en la que tuve el privilegio de conocer al Sr. Alejandro López. La primera es un escrito del CN Catalunya conforme estoy autorizada a “pasar a piscina en horas de natación”, textualmente, con fecha del 17 de noviembre de 1978. Y la segunda, es su esquela, justamente un año después, de 24 de noviembre de 1979.
Y lo seguiré guardando toda mi vida.

Esta historia es una experiencia muy personal, y me gustaría que sirviera para rendir homenaje a un hombre que me hizo ver y sentir muchas cosas positivas en mí, que creía que no tenía. Que me hizo sentir implicada en un equipo que no era el mío. Que me hizo sentir que la natación era vida, que la natación era un acto de humanidad. Ahora me he dado cuenta… Y siento -todavía- nostalgia y mucho cariño al recordarle.
Después de su fallecimiento dejé la natación absoluta. Ahora, que estoy en la Natación Máster cada semana le dedico un entrenamiento porque siempre existe un instante que me recuerda algo de él.

Pero me gustaría que, también, supierais que -hoy- existe una niña, ya una mujer, que en su honor y en su recuerdo, se llama Alejandra.
Seguro que el recuerdo de Alejandro López vive en muchas de nosotras.

Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera.
Albert Einstein