Nadando por la vida


Consejos, trucos y reflexiones de un recordman del mundo de natación
-Libro NO editado-
Publicación quincenal de capítulos en este blog

20 de febrero de 2011

6. Natación y sufrimiento

El día que acudieron a visitarme, los padres estaban algo asustados. Su cara expresaba la necesidad de aferrarse a cualquier flotador que pudiera evitar la intervención quirúrgica de Cristina. Ella había cumplido los 10 años de edad, y era menuda, delgadita y muy tímida. Tenía una escoliosis importante. Su desviación dorsal alcanzaba los 45º y la lumbar 36º. Era una escoliosis en S. Escoliosis dorsal derecha y lumbar izquierda, como pude comprobar en las numerosas radiografías que aportaban. Los padres manifestaban la idea de encontrar algún método que evitara la intervención quirúrgica, única indicación que había pronosticado el traumatólogo. Pero ellos argumentaban que la niña era pequeña y que las intervenciones dejaban la columna muy anquilosada, muy rígida. Les preocupaba que la niña se quedara pequeña (bajita) y encorvada tal como les habían advertido los equipos médicos visitados. Buscaban, desesperadamente, evitar la intervención aunque las posibilidades de que se realizara eran muy viables, habida cuenta de la importancia de los grados de desviación. Tras explorarla, pude comprobar que su nivel de rotación vertebral empezaba a ser relevante y se insinuaba una cierta prominencia (giba) en la zona dorsal derecha. Medía 135 cm. El corsé de Milwaukee que llevaba hacía mella en sus caderas y en la barbilla. Ella, con sus ojos, me expresaba su voluntad tácita de evitar el quirófano. Estaba, ciertamente, atemorizada.
Era evidente que el pronóstico del traumatólogo era cierto. Lo más indicado era la intervención quirúrgica a medio plazo, al cabo de uno o dos años, a lo sumo. Pero tenían que esperar a que apareciera la primera regla y valorar -entonces- la evolución de la curva vertebral.
Los padres sabían que era profesor de Rehabilitación deportiva en el INEFC, que tenía cierta experiencia con las escoliosis y que el medio acuático podía plantear mejoras en las desviaciones, sin que -por ello- pudiéramos hablar de curaciones. Cristina tenía una curvatura complicada. Les comenté que podíamos trabajar en el medio acuático mientras su traumatólogo valoraba programar la intervención después de aparecida la regla. Se agarraron como clavo ardiendo a la propuesta.

Empezamos a trabajar en piscina profunda y poco profunda en un mes de octubre de 1988. En piscina profunda, trabajaba con los monitores de la piscina en el aprendizaje correcto y perfectamente simétrico de los estilos. Venía los cinco días de la semana. Los martes me encargaba de supervisar el trabajo de Aquaterapia en la instalación, íbamos a la piscina poco profunda y empezamos -muy progresivamente- a realizar ejercicios correctores. Por lo tanto, trabajaba cinco días a la semana en la técnica de estilos y uno de esos días suplementaba una sesión de 40 minutos más, con ejercicios específicos. Cristina lo empezaba a tener claro, acudía con una gran ilusión y era muy disciplinada en la realización de los ejercicios. Intentaba hacerlo lo mejor posible y mejorar su condición física y técnica.
Al cabo de cuatro meses de estar realizando este trabajo, le apareció su primera regla. Decidimos intensificar los ejercicios, porque ahora aparecía la etapa de crecimiento y desarrollo más peligrosa para su columna vertebral, debido a que la entrada masiva de estrógenos podía generar un empeoramiento de la desviación, por las consecuencias que provoca en el metabolismo óseo. A partir de este momento, el trabajo específico se radicalizó y pasamos a trabajar, en la piscina poco profunda, con arnés y ejercicios asimétricos para intentar contracurvar su columna vertebral, en busca de la corrección. Los ejercicios eran muy duros, y ella -aún- una criatura. El primer día de trabajo con arnés salió llorando del agua por la dureza de los ejercicios, pero no se quejó. Seguimos trabajando, se ampliaron las sesiones de trabajo a ocho sesiones a la semana, y convertimos el método de carga en un programa de entrenamiento como si fuera de alto rendimiento. Cristina venía a nadar con el grupo de natación cinco días, donde ya incorporaba ejercicios específicos cuando hacía el trabajo de pies o el estilo de espalda, por ejemplo, y ampliaba tres sesiones más a la semana con trabajo específico en la piscina poco profunda, (martes, jueves y sábado).
A finales de abril, tuvo nuevas radiografías y asistimos al pequeño milagro. La curva dorsal se había reducido a 40º y la curva lumbar, que la habíamos trabajado poco, estaba por debajo de los 35º. Fue un soplo de aire fresco para todos. Cristina vio claro que el esfuerzo empezaba a tener su recompensa y que este podía ser el camino. Su traumatólogo no les dio esperanzas, la intervención quirúrgica era cuestión de meses, porque la curva -según él- empeoraría. Pero Cristina no se dio por vencida, y los padres ayudaron en todo lo humanamente posible. Los técnicos y la coordinación de la instalación se volcaron en ella, como si fuera el ídolo, la figura deportiva de la piscina. La mimaban, la cuidaban pero la hacían trabajar duro y le exigían que continuase mejorando físicamente con nados y trabajos subacuáticos. Objetivos que yo marqué como muy determinantes, también. Yo tampoco tenía claro que el trabajo específico en una escoliosis con estos grados de desviación, pudiera llegar a dar buenos resultados, pero teníamos que cubrir todas las facetas, la de la condición física, la del desarrollo respiratorio, la del crecimiento y la de la reducción de la curva. Trabajábamos en todos los frentes y lo teníamos claro todos. Hasta en la época estival seguíamos trabajando en la piscina que tenían sus padres en la casa de verano. Sin descanso, sin parones. Seguimos trabajando duro, en esta línea, los siguientes meses y años, y la capacidad de sacrificio, su manera de tolerar el sufrimiento y la voluntad de Cristina fueron determinantes en el resultado final.

Cristina, al llegar a los 18 años, medía 175 cm, muy por encima de las previsiones que todos le habían pronosticado, con un desarrollo de su caja torácica increíble y lo más importante es que su curva dorsal había quedado en 34º y la lumbar en 29º. Cristina no quiso nunca operarse y los padres la apoyaron. Aparentemente, vista de espalda, no se le nota apenas, su desviación debido al gran desarrollo que la natación le ha provocado. Pero, a la exploración, se nota -aún- su curva, aunque la rotación vertebral no es muy manifiesta y persiste una ligera prominencia en su zona dorsal derecha, que no se podría etiquetar de giba o joroba.

Cristina tiene 32 años. El verano pasado de 2010 tuvo su primera hija y quiso seguir nadando hasta el último día. Eran casi las diez de la noche cuando, al salir de mi entrenamiento diario en la instalación de su ciudad, la vi en la piscina nadando. Nos fundimos en un caluroso y fraternal abrazo. Casualmente, aquella noche, rompió aguas. La niña se llama Mar.

La vi muy feliz.

Es un privilegio haber vivido esta vida después de tanto sufrimiento.
Indira Ghandi

2 de febrero de 2011

5. Natación y Menopausia

Germán Díaz y Mario Lloret
En abril del 2009 asistí, como miembro del tribunal, a la lectura y defensa de la tesis del Dr. Germán Díaz sobre Natación y menopausia y, hablándole de esta obra, se animó a coordinar este capítulo conmigo.
Este trabajo supone una gran aportación para la ciencia y otra prueba más que la práctica de este deporte permite a las mujeres mayores de 45 años tener una vida más sana. El problema más importante de esta etapa en estas mujeres jóvenes es la aparición de la osteoporosis que provoca que el hueso, de manera progresiva, pierda densidad ósea. A causa de esto el hueso se vuelve más frágil, afectando a todo el esqueleto de la mujer. Los golpes más pequeños como una caída o movimientos vigorosos no acostumbrados podrían provocar una fractura. Las fracturas más frecuentes pueden estar en la columna vertebral y en el fémur (a nivel de la cadera), entre otras. El hueso es un tejido vivo que se adapta constantemente a las influencias externas y del cuerpo. Junto a la función de apoyo del aparato locomotor y la función protectora de los órganos internos, el hueso constituye una fuente metabólica de gran importancia al almacenar calcio, fósforo, magnesio y sodio. Pero, a partir de la llegada de la menopausia, se termina el periodo de predominancia en la construcción de hueso y prevalece la destrucción de este tejido. El hueso inicia su proceso osteoporótico, pero la osteoporosis puede prevenirse con determinadas medidas de comportamiento y con ayuda de tratamientos farmacológicos y no farmacológicos. Pero cuando ya se sufre la enfermedad deben tomarse medidas adicionales para evitar las fracturas óseas, aliviar el dolor y mejorar la calidad de vida. En el aspecto preventivo, es necesario llevar una buena alimentación y mantener el peso adecuado, reducir el consumo de café, alcohol y tabaco, llevar un tratamiento hormonal sustitutivo y hacer ejercicio físico terrestre o acuático. Y en el aspecto terapéutico, una vez aparecida la enfermedad, existen diversas estrategias que el médico especialista indicará, como pueden ser los estrógenos, los fármacos anabolizantes (hormona paratiroidea), la calcitonina, el flúor, los moduladores selectivos de los receptores estrogénicos, etc.
Pero una de las mejores medidas para incrementar la solidez ósea, en esta etapa de la mujer, es el ejercicio físico -ya sea terrestre o acuático-. Y aquí es donde quiero expresar con contundencia mi opinión y terminar con leyendas urbanas producto de mitos sin sentido.
Personalmente, estoy harto de oír en centros de atención primaria de nuestro país, afirmaciones gratuitas de recomendación a las mujeres osteoporóticas del tipo: “vaya a caminar o haga ejercicio físico, pero no haga natación”, o “nadar es como ir en una nave espacial, porque en el agua no hay gravedad”.
¡Esto ES FALSO!
En primer lugar, los estudios de investigación no demuestran que caminar sea lo más adecuado para las mujeres osteoporóticas. Deberían caminar a ritmo elevado (de la marcha atlética) que dificultase el mantener una conversación durante más de una hora, para conseguir efectos beneficiosos. Caminar puede servir para reducir niveles de colesterol, de hipertensión o gastar más calorías, pero no para la osteoporosis. En cambio, veremos que la natación es indicada para el colectivo de personas con osteoporosis.
En segundo lugar, en una nave espacial la gravedad es cero. Y los astronautas deben moverse (si lo hacen) en unos habitáculos muy reducidos, cumpliendo con unas tablas que los preparadores físicos les han recomendado realizar en posiciones algo inverosímiles. Pero en el agua existe hipogravitatoriedad, lo cual quiere decir que existe gravedad pero está muy reducida. Por poner un ejemplo, una persona sumergida totalmente en el agua, puede pesar alrededor de 1/10 parte de su peso real. Es decir que, en al agua, si una persona no nada se ahoga. Y es necesario realizar largos para darle sentido a la clase dirigida. No me planteo que ninguna señora entienda que ir a la piscina es ir a flotar en el agua sin mover un solo músculo de su cuerpo. Pero también puede bailar al ritmo de una música en clases de aquafitness o aquagym y, por lo tanto, seguir moviéndose dentro del agua con un objetivo claro.

En esta tesis que he comentado, muy bien dirigida por nuestro viejo conocido Dr. Fernando Navarro, se muestran estudios en medio acuático que mejoran niveles de osteoporosis y se presenta el realizado por este autor (Díaz, G). En este estudio de dos años de duración en mujeres osteopénicas y osteoporóticas de Toledo, realizando sólo dos sesiones de 45 minutos de duración -cada una- a la semana, en dos grupos de entrenamiento (uno de natación de mantenimiento en piscina profunda, para entendernos, y otra de aquafitness, con música, impacto y resistencias en piscina poco profunda) durante dos años, se demuestra que las mujeres que realizan el trabajo clásico de natación de mantenimiento mejoran sus niveles de osteoporosis que las que realizan el trabajo de aquafitness (o las que no hacen nada, las cuales continúan perdiendo mucha masa ósea).
Es sorprendente este descubrimiento porque esto asegura que nadar con el esfuerzo de los brazos y las piernas o nadar con manoplas, o con aletas puede mejorar el grado de calcificación ósea de las mujeres, sin lugar a dudas, debido a que tienen que llegar a unos tiempos, deben acabar los largos, tienen que cumplir con un determinado metraje, etc. Y este beneficio está por encima de los resultados encontrados en las mujeres que realizaban las clases de aquafitness (o parecidas) en las que se pueden relajar si se fatigan en el transcurso de las mismas.

Sólo hay que ver nuestros campeonatos de España de Natación Máster y ver la salud de que gozan nuestras mujeres adultas mayores, para certificar que la natación es una buena medida para luchar contra esta enfermedad y reducir las fracturas vertebrales o femorales y mejorar la calidad de vida de las mujeres españolas. ¡Ah!, y además empezar a mostrar a las instituciones públicas de la Salud de nuestro país que, con una medida tan sencilla como nadar (natación de mantenimiento, Natación Máster, etc.), se podrían ahorrar más de 200 millones de euros en gastos sanitarios y evitar que tres millones de personas tengan alguna fractura y sigan engrosando e incrementando los gastos de la salud en España…, que pagamos todos.

Pero, a partir de ahora, los equipos sanitarios españoles ya tienen que saber (tras esta tesis) que no es ético no prescribir Natación a las personas con osteoporosis. ¡Se han terminado las tonterías!

Emitir bellas teorías es bueno, practicarlas es mejor.
Adolphe Ferrière

23 de enero de 2011

4. Natación e implicación

Sentirse implicado en un proyecto siempre te da un objetivo por el que trabajar. Nadar en compañía de un grupo sintiéndote importante y con un técnico que sepa desarrollar tus mejores cualidades y que te trate con respeto y como a una persona normal, lo es todo. Los valores y los sentimientos de adhesión que se obtienen son indestructibles y suelen generar un estímulo añadido. Pero si entrenas sólo, tampoco debe existir ningún problema. Puedes sentirte totalmente implicado si el proyecto es vigente, si los objetivos son claros, aunque entiendo que es más difícil. Por esta razón os quiero contar el sentimiento de una experiencia en el que la implicación al proyecto generó buenas sensaciones.

Como nadadora que he sido y soy, quiero manifestar que, por una serie de razones, le he encontrado sentido a mi regreso a la natación. Y esto tiene que ver con una experiencia que quiero compartir con todos vosotros.
Tras el verano de 1978 y con el inicio de las clases, los horarios de entrenamiento de natación de mi club de origen, no se me adaptaban porque tenía que ir a clase por las tardes de 16 a 21 h y me era imposible ajustarlo con los horarios de entrenamiento de mi club.
El centro formativo donde tenía que estudiar estaba muy cerca de las instalaciones del Club Natació Catalunya. Se nos ocurrió que si solicitábamos a éste club la opción de entrenar allí quizás podría mantener mi actividad deportiva. Mi club, solicitó la opción de poder ir a entrenar al mediodía en el CN Catalunya, y así hacerlo coincidir con su horario de entrenamiento y mi entrada al Colegio. Un día nos dieron la noticia de que no había ningún problema para que fuera a entrenar con el equipo de natación y eso me llenó de alegría y además de orgullo ¡poder ir a entrenar en un club tan grande y formador de campeones/as!
El CN Catalunya estaba relativamente lejos de mi domicilio y los montajes que me tenía que hacer para poder conciliar entrenamientos, comidas en casa y asistir a mis obligaciones académicas representaban un gran sacrificio. Pero era la única manera, o dejaba la natación. Cada día tenía que tomar dos autobuses para llegar a la piscina desde casa y andar más de veinte minutos. Pero lo hice encantada…, y cada día más.

Tengo que reconocer que fue la etapa de mi vida deportiva más gratificante como persona, porque me sentí muy implicada en el equipo, y como deportista, porque conseguí mis mejores marcas. Jamás me hubiera imaginado que encajaría en aquel club, y eso que nunca tuve licencia por el CN Catalunya.
En cada entrenamiento el semblante serio del Sr. Alejandro López nos imponía, nos hacía trabajar a todos, nos hacía mejorar y nos animaba cada día a hacerlo mejor. Era un gran entrenador.
Pero a los pocos días de llegar al CN Catalunya me enteré que, desgraciadamente, Alejandro ya estaba enfermo, y físicamente tenía -siempre- aspecto cansado, de haber pasado mala noche y de no descansar bien. Pero cada día estaba ahí, no fallaba nunca. Llegábamos los nadadores, y él ya tenía en la pizarra el entrenamiento del día, y uno a uno nos acercábamos a él, nos saludaba estrechándonos la mano y, cariñosamente, nos daba unos “buenos días”, que no serían del todo buenos para él, precisamente.
Desde un punto de vista deportivo, me sentía muy bien, notaba que iba mejorando y eso me hacía sentir más segura de mi misma y me daba fuerzas para seguir entrenando mejor día tras día.
Le tenía un gran respeto y un aprecio indescriptible, admiraba su entereza, su profesionalidad y su entrega en el trabajo diario.

Su enfermedad iba avanzando, pero él no abandonaba, luchaba con todas sus fuerzas y eso se respiraba cuando nos hablaba, cuando nos corregía, cuando nos animaba…
A veces, al final del entrenamiento, me sugería quedarme un poco más para hacer algún ejercicio específico de técnica o de mejora de los virajes, y así corregir mi estilo de espalda. Lo hacía encantada, me hacía sentir especial, me hacía sentir importante, se preocupaba de mí y nunca podré olvidarlo. Porque, además, nunca me había planteado cambiar de club y, en teoría, no tenía porqué dedicar tanto tiempo en exclusiva a una deportista que no le proporcionaría resultados directos. Pero él era un profesional.

El 24 de noviembre de 1979 falleció -tras una larga enfermedad- un gran hombre, un gran entrenador, el Sr. Alejandro López, a los 37 años de edad.
Conservo todavía, desde hace 30 años, dos cosas que simbolizan el inicio y el final de la etapa en la que tuve el privilegio de conocer al Sr. Alejandro López. La primera es un escrito del CN Catalunya conforme estoy autorizada a “pasar a piscina en horas de natación”, textualmente, con fecha del 17 de noviembre de 1978. Y la segunda, es su esquela, justamente un año después, de 24 de noviembre de 1979.
Y lo seguiré guardando toda mi vida.

Esta historia es una experiencia muy personal, y me gustaría que sirviera para rendir homenaje a un hombre que me hizo ver y sentir muchas cosas positivas en mí, que creía que no tenía. Que me hizo sentir implicada en un equipo que no era el mío. Que me hizo sentir que la natación era vida, que la natación era un acto de humanidad. Ahora me he dado cuenta… Y siento -todavía- nostalgia y mucho cariño al recordarle.
Después de su fallecimiento dejé la natación absoluta. Ahora, que estoy en la Natación Máster cada semana le dedico un entrenamiento porque siempre existe un instante que me recuerda algo de él.

Pero me gustaría que, también, supierais que -hoy- existe una niña, ya una mujer, que en su honor y en su recuerdo, se llama Alejandra.
Seguro que el recuerdo de Alejandro López vive en muchas de nosotras.

Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera.
Albert Einstein

3 de enero de 2011

3. Pere Binat

Pere Manuel
Sigui l’hora que sigui algunes persones sempre el veuen; sempre li troben. Per elles, aquell vellet de cara agradable, de paraula pausada i de somriure permanent es a la plaça que hi ha al final del passeig del riu que no fa massa anys van construir, just després de les obres de canalització del riu i d’enjardinament de les bores de la llera.
Ningú recorda haver-lo vist, ni a la plaça ni al poble, abans de les obres, però ara, per aquelles persones, es habitual.
S’asseu al mig del banc, perquè així pot tenir gent a una banda i l’altre; vol sentir-se envoltat. I explica històries.
No es pot saber si son la seva història o es tot un invent, però les explica molt be, amb veu melosa i captiva al públic, sigui gran o petit.
La que més vegades explica es la d’En Pere Binat. A la gent li agrada molt.
Al poble, ningú s’explica com ni perquè li han posat aquest nom a la plaça. Va ser un episodi que el propi ajuntament no ha sabut explicar mai; els tres encàrrecs que se’n havien fet del senyal amb el nom, que no era Pere Binat, havien arribat amb aquest nom i ningú podia explicar perquè s’havia trastocat el de Plaça de la Mirelli, que era el que li volien posar i l’ajuntament va acabar acceptant de plantar el senyal amb el nom de Pere Binat aprofitant que, per llavors, la Mirelli tenia molt mala premsa al poble doncs havia acabat tancant portes després de molt de temps de fer gabiejar als treballadors i de molts anys de fer miralls, donant feina a molta gent del poble.
El relat començava amb el primer naixement d’en Pere, quan el pare s’entestava en anar a peu a cercar la llevadora i la mare li va exigir que anés amb bicicleta tot i que era mitjanit.
Aquest fet servia a la mare per deixar en evidencia la parsimònia del pare.
Tot i la bicicleta, quan va arribar la llevadora en Pere ja havia sortit i esperava sobre el pit de la mare que la llevadora li fes les operacions d’arribada a la vida humana. Això era els més habitual per llavors a casa de la gent treballadora.
En Pere va ser un nadó sà, força menjador i bon dormilegues; no va causar problemes a sa mare però quan tenia poc més de tres anys va succeir el gran problema.
Els pares d’En Pere, com molts d’altres en el poble, conreaven un hortet. Era un ajut a la precària economia familiar, fruit de treballar solament el pare havent la mare d’estar a casa fent-se càrrec de l’àvia i dels germans que encara eren a casa.
L’hort era al fons d’un terraplè que hi havia entre la casa i el nivell del riu; un caminet portava des de la casa a un petit sender que baixava inclinat al que no era una altra cosa que un espai de terra guanyat a base de molta feina a la bardissa, al canyar i a la malesa del marge dret del riu que després de banyar tota l’esquena del poble arribava allí i començava una gran corba a peus de la Mirelli.
Era un espai rectangular i pla, en el qual era fàcil dibuixar-hi els solcs per regar i les divisions per distribuir-hi els conreus, els tomàquets, les patates, les cebes, els pebrots i albergínies, bledes, cols i espinacs, alls i bitxos i en els costats curts, per sobre dels matolls d’una banda una gran arbre de flor de saüc i a l’altre, arran de terra un pou; per sobre del nivell de terra dos o tres filades de pedra marcant el rodo de la boca del pou i un petit diposit dotat de tres sortides per tal de poder dirigir l’aigua vers el solc més directe a la zona de regar.
L’aigua pujava del pou a mà; hi havia un llarg tronc que feia balanci; en un extrem una pedra pesant que feia de contrapès i alleugeria l’esforç quan el poal penjava ple de la corda que hi havia a l’altra extrem del tronc.
En Pere, hi va passar moltes estones veient com l’aigua del poal sortia per un forat del petit distribuïdor, corria pel solc que tocava i anava a cercar el primer reng i li agradava molt veure que, un cop ple el primer reng, el pare deixava el poal i agafava el xapo i, d’un sol cop, agafava prou terra per tapar l’entrada del primer reng i l’aigua seguia recte i ràpid a cercar el desviament cap el segon.
Al cap de molts anys, va saber que se’n deia per inundació a aquesta forma de regar; quan l’aigua va a començar a anar escassa algun estiu i els ecòlegs van pressionar moltíssim per tal que la societat en general generés una nova cultura de l’aigua.
Recordava com, a vegades sense cap raó clara, i en qualsevol punt de recorregut l’aigua començava a desaparèixer, la terra l’engolia i no hi havia manera que avances pel solc. Llavors el pare amb el xapo a la mà seguia el recorregut de l’aigua i endevinava on s’havia fet el forat; amb uns quants cops de xapo, arrencant terra del marge per no desfer els cavallons, taponava el forat i l’aigua tornava a agafar velocitat per omplir el reng.
Generalment l’hort era cosa del pare; la mare baixava a collir allò que podia necessitar pel dia, però també es cert que, algunes vegades, s’agafava a l’eina i dedicava una bona estona a la feina de l’hort.
Una tarda d’estiu, en Pere no havia arribat als tres anys, la mare va baixar com tantes altres vegades a l’hort amb la idea de collir uns quants tomàquets i un enciam; no es quedaria a fer-hi res més, doncs s’estava enfosquint i s’albirava una tarda típicament d’estiu, amb algun temporal inclòs.
En Pere va quedar a una banda de les altes mates de tomàquets mentre la mare mirava a l’altre banda; al final del reng va a tornar a fer un cop d’ull al voltant per controlar al petit que amb prou feines caminava dret per entremig de solcs, cavallons i mates i de sobte...l’esglai: en Pere havia desaparegut del seu camp de visió.
Quedava força apartat però la primera idea va ser el pou; va sortir del reng de tomaqueres, va travessar els de pebrots, trepitjant les pastanagues i trencant una escarola; no va veure al Pere en cap moment, però no calia ella corria a on era en Pere, segur! Va abocar-se al forat del pou i, tot i saber-ho, es va espantar més: en Pere era efectivament al pou.
El lloc on estava el pou feia que el nivell freàtic de l’aigua es trobés a poca profunditat, per tan el pou no tenia mes de dos metres de fondària i l’aigua poc més d’un metre de profunditat; al mig del pou i al damunt de l’aigua, surant de panxa en l’aire, estava, aparentment tranquil, en Pere; no plorava, no es movia; surava i mirava cap amunt cercant la figura de la mare.
Allò va donar uns segons de serenor a la mare i en qüestió d’instants va encertar a recollir una de les canyes senceres que havien sobrat de les guies de les tomaqueres, treure-s la bata i les sabatilles de retaló. Mentre li repetia amb en Pere que estigués quiet, que no passaria res, va baixar la canya al pou deixant-la dreta repenjada a la paret del pou, va mirar les pedres de la paret intentant esbrinar per on es deixarien baixar millor, va seure a la bora del pou, es va girar de cara a la paret i va començar a baixar.
El temporal també; amb el soroll del temporal des dins el pou va donar-se compte que tampoc s’havia parat a demanar ajut, senzillament era absurd intentar que a casa, o ningú, sentis els crits de socors.
Després de relliscar alguna vegada, va arribar al fons tal i com volia: sense provocar molt moviment a l’aigua que pogués desequilibrar a en Pere i el va abraçar amb totes les seves forces; entre l’aigua del pou i la forta pluja les llàgrimes semblaven insignificants per molt que diguessin tota l’emoció que representava tornar a abraçar al seu fill...¡viu!
La primera part estava feta i en quedava una segona tan angoixant com la primera: sortir tots dos del pou.
La idea de la canya era bona; enganxar al Pere a un extrem de la canya, fer-lo gatejar per la paret del pou fins dalt, que caigués cap fora i que........es quedés quiet fins que ella pogués remuntar la paret de pedres.
La canya era prou gruixuda però molt llarga; la poca flexió que li podria donar no permetria enganxar la roba del Pere; si en partia un tros hi havia el perill que després no arribés dalt de tot.
Va alegrar-se d’haver resolt instantàneament que la canya havia d’entrar al pou per la part prima; això li permetia ara poder-ne tallar un tros i conservar una llargada suficient de canya prou gruixuda.
Arrambada contra la paret, la flexió de la canya donava just per fer passar l’extrem per el bolquer d’en Pere i, per sota la bata, fer-la pujar amunt fins a travar-la just per sota del coll de la bata, amb la qual cosa aquesta peça de roba feia les funcions d’arnès i el bolquer mantenia la canya prop de l’esquena evitant d’aquesta manera que el Pere es gronxes a la punta de la canya.
Va ser una llarga estona de patiment; les relliscades, el desequilibri, la pluja, el pes del Pere; finalment en Pere va caure a l’altre banda de l’escassa barana del pou: a terra.
Llavors i solament llavors, la mare es va deixar anar cridant amb tota la força per alliberar tota la tensió acumulada; en Pere estava salvat, ella......era igual! Però després de cridar una estona, amb renovada calma, va començar a trepar per la paret i cridava i trepava, sota la pluja, enganxada amb ungles i dens a les pedres i cridant, ara al Pere, que s’estigués quiet que no es mogués per res ni en lloc.
Quan va arribar a treure el cap pel damunt de la darrera filada de pedres, en Pere estava assegut jugant i allò li va donar forces per acabar de remuntar.
Va embolicar al Pere amb la bata ben xopa, es va calçar i va enfilar el caminet cap a casa. L’avia i un germà els van donar tota l’atenció que ambdós necessitaven.
Sempre que la mare explicava aquest episodi d’aigua, crits, dolor i por però amb un final absolutament feliç, tornava a tenir la sensació que havia estat com un segon part per ella i per ella, en Pere havia nascut dos cops i intuïa que el segon l’havia lligat per sempre a l’aigua, sempre mes l’aigua seria el cordo umbilical del Pere amb la natura.
La mare mai va explicar aquesta darrera part però va viure amb orgull, i a vegades amb un cert temor, totes les experiències que en Pere li relatava i que sempre, d’una manera o altre, tenien relació amb l’aigua fos de piscina o d’oceà, de riu o de llac, del nord o del sud, dolça o salada, calenta o freda. Certament, en Pere va viure tota la seva vida a l’aigua, amb i per l’aigua i de l’aigua.
A la volta de molts anys, la mare ja en feia molts que no hi era, en Pere va tornar al poble; no l’havia ni tan sols visitat dansà l’enterrament del pare i d’això feia també molts anys.
Quan va sentir aquell desig tan tranquil, tan serè, tan dolç i tan intens. En Pere va saber que aviat seria hora d’abandonar el cos.
Es dirigí cap al riu i, una mica decebut, va veure les obres que estaven fent. Un tros amunt les obres estaven acabades, l’aigua del riu baixava omplint una llera perfectament delimitada per murets de pedra, a banda i banda hi quedava un tros d’herba i seguit el talús fet amb gran pedres per salvar el desnivell fins l’alçada del poble.
Amb tot aquest enrenou ben segur que ja no hi seria, pensava mentre s’endinsava entre les canyes, el bosc de ribera i trossos de terra remoguda; i, de sobte, la minsa paret de tres filades que havia estat la boca del pou, ¡el mateix!
Hi havia força malesa i ja no era tan profund, ben segur que algú volgué tapar-lo però va quedar amb intent inacabat.
Quin goig!, va pensar. Apartant una mica les noses va ficar-se al pou i va seure amb l’esquena contra la paret; la tarda s’estava enfosquint i s’albirava típicament d’estiu, amb algun temporal inclòs. Li resultava tan familiar la situació, sentia una pau tan profunda!; va tancar els ulls i començà a dir en veu baixa, com si fos un mantra : - Hola mares, torno dins vostre.
Ben d’hora al matí, les màquines van colgar el pou; tocava el torn d’obres a la corba de la Mirelli; s’havia de començar a fer el moviment de terres per acabar sanejant la llera i la bora del riu; quedaria un bon tros de passeig de riu ¡ah! i una plaça, la plaça que mai es diria Mirelli.

21 de diciembre de 2010

2. Natación y amor

La conocí cuando ella tenía once años, seis menos que yo, y fueron sus grandes ojos azules los que me llamaron la atención, unas características que han sido siempre las que he admirado en una mujer. Yo ayudaba en los cursillos de natación que organizaba mi club, y tenía a mi cargo uno de los grupos. No sé el por qué (misterios de la naturaleza), pero la simpatía entre ambos fue mutua, y empezamos a hablarnos cuando podíamos, cinco minutos antes de empezar el cursillo, o cinco minutos después, mientras se preparaba el siguiente.
Volvió al año siguiente, y ésta vez me las ingenié para tenerla en mi grupo, a pesar de que no era el adecuado para ella. Era el último grupo de la mañana, y aquello me permitía estar con ella el cuarto de hora que, después del cursillo, el club permitía a todos los cursillistas estar en la playa. Alguna vez me preguntaba a mi mismo si era normal que un chico, ya con 17 años, buscara la compañía de una “cría” de 12 años, pero la verdad es que, si en algunas ocasiones, yo no la buscaba, era ella quien me buscaba a mí.
Después del segundo cursillo, el club la admitió como nadadora, lo que facilitó nuestra amistad. Vivíamos lejos el uno del otro, y aquellos cinco años de edad que nos llevábamos de diferencia, eran un cierto obstáculo para nuestra relación, aunque algunas veces aquello no nos importaba, y, de manera tácita, sin decírnoslo, nos esperábamos a la puerta del club, para hacer juntos el corto trayecto que iba hasta la parada del tranvía, donde nos separábamos, y cada uno cogía el suyo. Nuestros paseos sirvieron para irnos conociendo; éramos diferentes, pero complementarios. A ella le gustaba hablar, y tenía fluida conversación aun con el tema más baladí. Yo, mucho más reservado, sabia escucharla, contentándome en mirarme en sus grandes ojos azules. En otras ocasiones, acabado el entrenamiento de los sábados y los domingos, hacíamos por encontrarnos en la playa del club, donde, aunque estuviéramos rodeados de una docena de amigos, sabíamos encontrarnos solos.
Conforme crecía, nuestra relación se iba fortaleciendo. Nos sentábamos juntos en el autocar que nos llevaba a alguna competición por los alrededores de Barcelona; la acompañaba hasta su casa siempre que podía, aunque después tuviera que andar algún quilómetro de más para llegar a la mía, y aunque nunca no nos dijimos nada sobre nuestra mutua atracción -supongo que sus escasos quince años nos lo impedía a ambos- pequeños detalles nos la manifestaban: un roce de nuestras manos, una sonrisa a distancia, unas palabras de ánimo cuando la competición, o los estudios, no iba como nosotros queríamos, incluso nuestros silencios estaban llenos de atracción, y no necesitábamos mucho más para mostrarnos felices.
Mi obligada incorporación al ejercito fue nuestro primer desengaño. Comenzó a llorar desconsoladamente cuando se lo comuniqué. Eran dos años los que tenía que pasar en aquel sitio (con el que yo no tenía nada que ver); dos años en los que no sabíamos si íbamos a vernos, puesto que los permisos en África iban muy caros, y no todos los destinados allí podían conseguir uno. Nos dimos nuestro primer beso, el primero durante cinco años, y lo sorbimos como si en ello nos fuera la vida, conscientes de que podía ser el primero y único.
Pasaron, efectivamente, casi dos años, más exactamente un año, once meses, y veinte días (contados uno a uno), antes de que volviéramos a vernos. Fueron cientos de cartas enviadas y recibidas, que nos daban cuenta de nuestras respectivas vidas, de nuestras ansias por volver a vernos, de las miserias de la vida castrense, que nos arrebataban unos maravillosos años de nuestras vidas.

Me reintegré (¡por fin!) a la vida civil, y mi decisión fue la de continuar dentro del mundo de la natación como entrenador. Me habían propuesto ir a un club de las afueras de Barcelona. Se lo comuniqué a ella, pidiéndole que viniera conmigo. Habló con sus padres, que se negaron a dejarla marchar. Como mi padre, ellos también eran del parecer que ser entrenador de natación no daba lo suficiente como para mantener una familia. Recordaré siempre nuestra despedida, en la playa del club un día brumoso del mes de diciembre, después de estar hablando, sentados en la húmeda arena durante dos horas, de aquellos siete años de nuestra relación; de la posibilidad de conseguir que nos permitieran estar juntos para siempre usando el método universal, el embarazo pre-matrimonial, aunque tuve la impresión de que ella no estaba totalmente convencida para unirse a un hombre cuya profesión, relativamente incierta, podía llevarlo de aquí para allá (como después he podido comprobar personalmente).
La vi alejarse para siempre, mientras las lágrimas nublaban mis ojos. Nunca he vuelto a sentir tanta pasión por una mujer, como la que sentí por aquella chiquilla. Me dejó una pequeña herida en el corazón, de aquellas que dejan huella para siempre. Mi profesión, efectivamente, me alejó para siempre de Barcelona. Volví a verla, cuarenta y tantos años después de nuestra despedida definitiva, cuando, solo por curiosidad, me acerqué a la tienda que tenía su padre en el casco antiguo de Barcelona. No sabía si todavía la tendrían, pero sí, allí estaban, ella y su hermana. La miré disimuladamente a través de los cristales del escaparate. Si por ella, como por mí, habían pasado los años, no habían pasado, en cambio, por sus ojos, aquellos ojos grandes y azules que me habían prendido totalmente. Los miré de nuevo, sintiendo como unas lágrimas acudían de nuevo a mis ojos; y luego me alejé de ella..., ahora sí, para siempre...

19 de diciembre de 2010

1. Natación y esperanza

Tengo 26 años y mi vida es nadar. Vivo para nadar con el objetivo que algún día el esfuerzo y el sacrificio diario de nadar me devuelva la vida.
Empecé de pequeño, realizando unos cursillos de natación en Artá. No fue difícil aprender a nadar. Lo recuerdo como algo agradable de mi infancia, a principios de los 90. Me gustó el agua y rápidamente me vieron alguna condición técnica, porque inicié mis pinitos en las competiciones escolares y no se me daba mal. Pero a mí, desde siempre, me gustaban las dos ruedas. Desde pequeño, en mi adolescencia y ahora que soy adulto, me encanta el motociclismo y disfruto con las carreras de Jorge Lorenzo. Aunque mi ídolo deportivo por su carisma y su humildad sea Rafa Nadal. Me encanta percibir el cariño que le tiene la gente en la isla y como se reúnen en torno a un televisor cada vez que se juega una final. Su carácter, su fuerza y su determinación son un estímulo para mí. Pero decía que me gustaba el motociclismo y debo reconocer que era complicado en las islas empezar en este deporte de las dos ruedas aunque, de muy pequeño, ya montaba en la bici y disfrutaba con las bajadas y los derrapes. Mi padre se volcó en mí, me ayudó lo que pudo, me compró mi primera motocicleta de competición de 125 cc y empezamos, muy humildemente, las competiciones. Tenía 11 años cuando debuté en una carrera, allá por 1994. Y fui mejorando. Mi padre se compró una furgoneta de segunda mano, una Nissan Vanette, y poco a poco la fue transformando en autocaravana-taller. Muy rudimentaria, pero nos permitía viajar a la península y preparar las carreras de promoción en el campeonato de España.
Nunca destaqué excesivamente por la falta de patrocinadores y por la sencillez de mi moto, pero seguía estando en los puestos intermedios del campeonato de España.
Terminé la ESO y tenía ganas de realizar un ciclo formativo, no sé si de actividad física o de mecánica, pero en algo que tuviese relación con la moto…
Seguía en competición, seguía vibrando con las emociones de las carreras y de todo el circo montado alrededor de este deporte, con sólo 16 años. En mayo de 1999, teníamos la siguiente competición del campeonato de España en Cheste. Las rondas clasificatorias iban de maravilla, para lo que era mi nivel, y me clasifiqué en una buena posición para la carrera del domingo. Mi padre y yo veíamos buenas oportunidades para entrar entre los diez primeros e intentar una de mis mejores clasificaciones. Salí en la segunda parrilla de salida y encarrilé bien la carrera. Estaba en el segundo grupeto y aguantaba bien el ritmo. La moto respondía bien. Debido a la sencillez del equipo, tenía que aguantar toda la carrera con las mismas gomas que las que utilicé en una de las pruebas clasificatorias. Se agarraban bien, pero hacía mucho calor.
Iba muy rápido, tenía el circuito memorizado. Quería adelantar a mis dos adversarios que corrían inmediatamente por delante de mí. Lo intentaba por dentro, luego por fuera, pero era complicado y, en la curva más cerrada del circuito valenciano y con una cierta mala suerte, la rueda anterior de mi moto tocó la posterior de mi adversario. Toqué freno, que quizás era lo que nunca tenía que haber hecho y, con el desequilibrio de mi rueda anterior, derrapé y salí volando de mi motocicleta. Di una gran voltereta y aterricé con mi espalda en el suelo de la carretera. Rápidamente me di cuenta que las cosas no iban bien. Mis piernas no me respondían. Me llevaron, rápidamente, al hospital La Fe de Valencia. Tras hacerme las primeras observaciones y ante la gravedad del cuadro se inclinaron por trasladarme a Barcelona -en helicóptero- al hospital Vall d’Hebró, donde me intervinieron con prontitud. La intervención fue bien. Al salir, el médico me dio la noticia: Has tenido una fractura luxación de D8 y D9 que hemos solucionado en el quirófano, pero tienes lesión medular completa. No volverás a caminar. Me lo quedé mirando incrédulo. No me hacía a la idea. Se me vino el mundo abajo.
Estuve tres meses en el hospital para rehabilitarme, mientras me hacía la idea de mi nueva forma de vida. Tengo que reconocer que me pasaron las cosas más inverosímiles por la cabeza durante las primeras semanas y meses. Con 16 años, es difícil aceptar una situación de este tipo y sólo te planteas en cómo no ser una carga para tus familiares. Además a esta edad y con semejante panorama no había más cojones que madurar rápido. Con la ayuda de mi familia fui tirando como pude y a los 19 años, más o menos, recuperé mis ganas de vivir y me di cuenta que el deporte, en general, pero la natación, en particular, tenía que ser mi método de recuperación. Me generaba una gran rabia aquello último que me dijo el médico: No volverás a caminar. Me rebelaba. Ya veremos, me decía yo, ya veremos.
En el año 2002, mis padres decidieron cambiar de domicilio. Nos trasladamos a Palma y eso representó, para mí una nueva etapa. Pude comprarme un coche adaptado e inicié una nueva vida de autonomía personal. Después de visitar algunas instalaciones me incliné por las piscinas de Son Hugo, porque era una de las que tenían menos barreras arquitectónicas. Empecé a tener contacto diario con el agua que, desde mi infancia, siempre me había gustado y ahora había decidido retomar. Recuerdo el primer día que bajé al agua para tener mi primer contacto. Nadé varios largos, parando cada 25 m. Seguramente haría unos 1.000 m pero, a partir de ahí, lo complicado fue descubrir y experimentar aquellos ejercicios que se adaptaran mejor a mis posibilidades. Pero los encontré.
Continué nadando varios meses. Era capaz de hacer unos 2.000 m asiduamente y, en la piscina -de manera casual- conocí a una persona muy especial, Margalida. Iniciamos una cierta relación de amistad, nos empezamos a conocer. Ella no sabía nadar y yo, como pude, la ayudé, la enseñé a nadar. Nos enamoramos.
Marga ha sido un punto de inflexión en mi vida, ha sido mi luz. Desde que la conocí he luchado por ella. Y le tengo que agradecer estos años de apoyo y felicidad. Es una gran persona y mi vida no tendría sentido sin ella. Hemos tenido altibajos, producto más del entorno que de nosotros mismos, pero Marga es Marga. Y la amo.

Con ella he empezado a soñar y sigo soñando. Con ella voy a Son Hugo y nadamos. Ella, por mantener su condición física y por mejorar su salud, y yo por ella. En la actualidad, estoy nadando 4.000 m entre crol y espalda, básicamente, aunque también hago mariposa. Un día hice la machada de realizar 1.000 m sólo de mariposa que, sin el apoyo de las piernas, es algo más complicado, como os podéis imaginar. He podido descubrir que el agua es mi otro elemento. Ahora, el agua me da la vida. Nadando no te sientes tan diferente a los demás. ¡Hasta me siento mejor que los demás!. Y, cuando nado cerca de los nadadores, me da rabia ver cómo mueven las piernas, cómo realizan el movimiento ondulatorio, cómo se empujan de la pared. Eso es lo frustrante, para mí. Encuentro a faltar más mis piernas por el hecho de no poder nadar mejor, que por el hecho de caminar. En realidad, con la ayuda de los tutores mecánicos, algunas mañanas camino para producir impactos en mis piernas y seguir calcificando de cara a mantener mis funciones orgánicas y vitales a punto. Pero en el agua, me doy cuenta que cuando muevo mis brazos y mi tronco, mis piernas equilibran y, por la reacción de brazos y tronco, se mueven. Esto me ayuda, sin duda, a que haya actividad y, por lo tanto, estímulos que benefician a mi organismo, en su totalidad. Todo este esfuerzo lo sigo realizando para mejorar mi condición física y para seguir mejorando mi capacidad de nado, porque estoy convencido que un día -no muy lejano- la ciencia y la tecnología me podría permitir caminar. Y mi médico me anima a seguir nadando porque también me asegura que cuando se dé el momento seré de los primeros en poder ser intervenido para recuperar la marcha. Y, para eso me estoy preparando, para eso me estoy entrenando, para recuperarme. No me he planteado, nunca, participar en competiciones de natación o entrenar para los paralímpicos. No es esta mi lucha.
Pero antes comentaba que había empezado a soñar. Y es cierto, se repite muchas veces mientras duermo, supongo que por la lucha de lo racional con lo emocional. Os voy a contar mi sueño:
Sueño que llego en el coche a una cala abstracta, muy parecida a mi querida Cala Torta. Aparco cerca de la pasarela de madera. Saco la silla de ruedas y me voy al agua. Entro, con mi silla de ruedas, hasta el mar y cuando me cubre el agua, me dejo flotar y empiezo a nadar. Y cuando termino de nadar, cansado, me acerco a la orilla y salgo caminando en busca de mi coche.
Este es mi sueño, que se repite con cierta periodicidad.

Pero también sueño que, algún día, la ciencia me permita caminar para poder ir a Son Hugo a nadar junto a Marga y, al salir del agua, ella me coja de la mano y caminemos juntos el resto de nuestra vida…

Amamos la vida no porque estamos acostumbrados a vivir sino a amar.
Friedrich Nietzsche